• Bullying: El vital rol de los adultos en su prevención

    By 11 septiembre, 2019Noticias

    Según datos obtenidos en el Simce de 2017, cuatro de cada diez alumnos de nuestro país han sufrido algún tipo de discriminación en el colegio. Las características físicas, los rasgos de personalidad, su forma de vestir o su ritmo de aprendizaje son las más frecuentes formas de bullying, de acuerdo a datos recopilados por la Agencia de Calidad de la Educación.

    Dado este poco alentador panorama, la psicóloga de Clínica El Bosque y docente en el módulo de “violencia escolar y bullying” del Diplomado en Convivencia para Líderes Educativos de la Universidad Diego Portales, Leire Fernández, afirma que es fundamental detectar cuando ocurren situaciones de acoso escolar, así como diagnosticarlas adecuadamente. El bullying implica tres características básicas, que son:

    1) actos intencionales con el fin de herir a otro (“a propósito hago burlas, invento rumores o golpeo a un compañero”)

    2) actos que se repiten en el tiempo (ocurre de manera repetida o sistemática).

    3) actos donde el agresor tiene más poder que la víctima (esto a veces es difícil de establecer, a veces esta jerarquía la da la edad, otras la fortaleza física o el nivel socio-económico).

    Es necesario diferenciar el bullying de la violencia escolar (es un tipo de interacción más general donde se usa y se abusa del poder, en la que puede ser entre pares o entre adultos) y de la agresión (fuerza o energía de ataque que emerge como resultado de una frustración: “pierdo en un juego y por eso te pego”). Esta diferenciación es fundamental para poder intervenir de manera apropiada, ya que cualquier acto violento o agresivo provoca un fuerte daño (físico y emocional) pero, en el caso del bullying, al ser repetido duele “más veces” y de manera más intensa (duele el golpe y la burla, pero también duele al anticiparlos).

    La profesional agrega que, además de tener claridad en su comprensión, abordaje e identificación, a su juicio, lo que realmente es importante de considerar es el necesario rol de los adultos, en la prevención de su ocurrencia.

    “Me identifica el modelo del desarrollo del psicólogo canadiense Gordon Neufled, quien sostiene que vivimos en una cultura que valora en exceso que los niños socialicen, adquieran habilidades y relaciones. Es por eso que frecuentemente, con la mejor de las intenciones, los empujamos tempranamente a actividades en las que se relacionan mucho más con pares (seres inmaduros en proceso de desarrollo) que con adultos (que son los que en verdad cuidan, educan y protegen).

    Agrega que lo anterior, sumado al uso a veces excesivo de redes sociales, donde los jóvenes se identifican con otros iguales, cuyos valores distan mucho de los que muchos papás y mamás quisiéramos inculcar, incita a los niños a que giren en torno a ellos mismos, alejándose de los modelos adultos y dejándolos en situaciones de riesgo.

    “Lo primero, para prevenir, tiene que ver con recuperar, los adultos, nuestro poder natural para educar e influir, nunca a través de la coerción, sino a través de nuestra capacidad de conectarnos, de vincularnos con nuestros hijos. No porque ellos, especialmente los adolescentes, prefieran pasar más tiempo con sus amigos que con sus padres significa que nosotros debamos perder nuestra influencia. Tenemos que tomar ese peso. Somos quienes mejor los pueden cuidar. Nos necesitan”, sentencia.

    Por otro lado, Leire Fernández manifiesta lo vital que es identificar el bullying y aduce que siempre, aunque haya dudas, se debe escuchar a un niño cuando dice que lo molestan o sufre agresiones. “Es importante evaluar si efectivamente hay una situación de bullying o si es otra cosa (a la cual se deberá asimismo atender). De cara a la intervención, ésta debe ser siempre liderada por adultos. Los padres deben ponerse de acuerdo con el colegio y evitar juntar a víctima con agresor, aspecto que podría llegar a generar más daño”, puntualiza.

    Finalmente, nuestra psicóloga advierte que es fundamental sensibilizar sobre el impacto que tiene el bullying no solo en la víctima y el agresor, sino también en los observadores que son testigos, principalmente compañeros, que presencian las agresiones y, con frecuencia, por temor a represalias o por naturalizar lo ocurrido, entre otros motivos, no denuncian la situación, repercutiendo ello muy negativamente en su bienestar.